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  • Shoe.ee 6:08 pm el May 27, 2012 Permalink | Responder
    Etiquetas: Concierto   

    Calle Barquillo, 44. 

    No he tenido tiempo de superarlo. Mentira; he tenido demasiado tiempo, pero no le he dedicado ni siquiera un momento. No he querido ni pensar. Para mí, nada ha pasado, todo sigue como fue. Sigo ahí de alguna manera, las luces no se han apagado, y yo sigo cantando, moviendo el cuerpo, escuchando música, escándalo, y si cierro los ojos puedo sentir las luces rojas de todo el lugar pintando mis párpados, garganta, cuello, y brazos de decibeles magenta.

    Todavía elevo los brazos al aire, uno más arriba que el otro porque la bebida siempre corre peligro de querer salir del vaso y convivir con todos, pero su euforia la preferimos dentro y no en el pelo de otros o, peor aún, en el suelo.

    Y Nirka. Mi querida Nirka, siempre con sus rubios rizos (recogidos o sueltos, bellos rizos), rockeros, siempre bailando conmigo, haciendo de mi noche una mejor aún, alcahueteando mis ganas de salir, mis ganas de gin tónics, de no llegar a casa antes de las seis de la mañana, de pieles magentas, miradas obscuras, brincos, y algarabía. Amo cuando identifica una canción y dice que es mía, que es sólo mía, y me pone más eufórico que el mismo cantante, la canto, casi la deletreo, la bailo, y me convierto por tres minutos y cuarenta y tres segundos en rockstar.

    No sé qué ha sido lo que se apoderó de una parte de mí. Qué cosa fue con lo que mi alma identificó de tal manera en ese lugar que parece que se vio en un espejo con una multitud igual a ella y se quiso quedar pegada con los pósters antiguos, quiso seguir viva en los bulbos resplandecientes (ahí cerca de donde la luz carmesí se convierte casi en blanca), perdió toda dignidad quedándose en los charcos de bebida y acostada boca arriba en el suelo del lugar. Nunca ha querido saber que el momento se ha acabado. Ella ahí se quedó, aferrada y con los ojos cerrados.

    Y yo con ella sigo ahí, escuchando canciones viejas, canciones para la vida, para el pasado, para el cuerpo desconocido que hoy nos ha cautivado, para el futuro, canciones con batería, mucho bajo, mucha guitarra, mucho mucho alcohol, mucho olor a cigarro, y mucha fila para ir al baño. Pero con estruendo a tal grado que hasta en el baño seguía la fiesta.

    Sí. En el baño. Fiesta. Como los dos tipos que escuché claramente en el sanitario hablando e inhalando  lo que supongo fue lo que los hizo salir más entregados a la música que el mismo cantante o baterista (o igual que ellos), las dos mujeres besándose al final del espejo de los baños jugando y gozando antes de regresar con sus novios, y a los amigos abrazados de regreso a la multitud, regresando a no querer tocar el suelo con los pies por más de un segundo, a derramar bullicio y hielos sobre los demás porque uno ya no estaba para tomarse la molestia de preocuparse ni por su mismo vaso. Total, la barra seguía abierta y el guapo o la guapa de la barra “nos atienden como reyes” (cada vez más reyes, más borrachos, mejor música, y más vasos).

    No sé si fue mi alma identificada, si fue Nirka, el alcohol, si fue la luz roja,  las canciones que tanto me despiertan en una sola noche, si fueron las anécdotas juntas, los besos, las carcajadas, las miradas encontradas cuando cada canción nos despertaba a todos lo mismo. Yo sólo sé que, en tardes como hoy, me gustaría que llegara la noche para poder volver, oír al grupo, alcoholizar el ser, y saber que soy feliz; roja, estruendosa, borracha, y extremadamente feliz.

     
  • Karen H. 10:58 pm el May 25, 2012 Permalink | Responder
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    Es calvo pero tiene una barba deliciosa y… 

    Es calvo, pero tiene una barba deliciosa y corta, un tatuaje en el costado del cuello y unas pestañas larguísimas. Las cejas pobladas se alzan ligera -no, aristocráticamente- sobre sus ojos verde sucio mientras me señala con la mano abierta que pase a la camilla. Me quito la blusa dándole la espalda, es la primera vez que salgo de casa sin brassiere pero no quería que me viera ligaduras extrañas. Quería una espalda sin magulladuras para teñirme la piel por primera vez. Me acuesto boca abajo, desnuda de la cintura para arriba y hago un kegel no intencional. Jamás se me cruzó por la mente considerar que mi tatuador pudiera estar tan guapo.

    -Es tu primer tatuaje ¿verdad?

    -Si, el primero.

    -Es una pieza grande para ser el primero. La mayoría de la gente se tatúa cualquier mierda en la muñeca o en un costado del pie, como si estuvieran metiendo la punta del dedo gordo en una piscina pública, ya sabes, testing the waters.

    -Bueno, pues supongo que no soy como la mayoría de la gente.

    -Ya veremos.

    Josué se pone los guantes y prepara sus instrumentos. Sólo lo sé por que lo escucho mover bandejitas de metal, como el dentista.

    -Soy diabética, me inyecto insulina todos los días. Las inyecciones, las agujas en general, no me dan miedo.

    -Bueno, pero la panza tiene grasita. No puedo ver la tuya ahora, pero un mínimo de grasa tendrás. Tu espalda es casi puro hueso. No te pasas la aguja de la insulina, que por cierto, las he visto y son minúsculas, raspando y rapsando. Eso es entra, sale, listo ¿entiendes? Aquí para que las cosas salgan bien hay que repasar, repetir, hacer las cosas lento y con cariño.

    Un escalofrío recorre mi espalda.

    -Hey ¿te asusté?

    Y me pone una mano enguantada en el centro de la columna vertebral.

    -No pasa nada, no duele tanto, te lo prometo.

    De nuevo no contesto. Lo dejo colocar el papel transfer sobre mi cuerpo, acomodar la frase en el sitio acordado.

    -¿Qué significa para ti esa frase?

    -¿Le preguntas eso a cada persona que tatúas?

    -¿Siempre contestas a una pregunta con otra?

    -¿Y qué pasa si lo hago?

    -Nada. Es una excelente manera de conocer a tu interlocutor sin revelar nada de ti.

    -No estoy de acuerdo. Uno puede saber mucho de las personas a través de lo que preguntan.

    Nos quedamos callados. El primer pinchazo me cae de sorpresa y tiemblo de nuevo. Ansío que me toque de nuevo con sus manos enguantadas. Eso hace.

    -Oye, si te mueves te va a quedar mal, y yo no hago mal mi trabajo. Quédate quieta.

    ***

    -La cicatriz que le va a quedar es muy mínima.

    -¿Después de cuántas sesiones?

    -Ocho o diez, dependiendo de cómo reaccione usted. Cada uno es distinto.

    -Bien.

    -Podemos tener la primera sesión hoy mismo, si así lo desea. Me han cancelado la última cita antes de mediodía.

    Dentro de dos horas. Tiempo suficiente para irme a casa, desnudarme frente al espejo, decirle adiós a esta parte de mi vida.

    -Tengo un compromiso, pero nos vemos aquí a esa hora.

    Lo pienso todo el camino. Veinte años estuvo conmigo. Dos décadas con Do I dare disturb the universe? tatuado en la espalda. Y nunca lo hice. Dejé que el universo siguiera sus flujos y atravesé cada crisis sin moverme, sin hacer nada. Así estudié leyes como mis padres querían, así me casé con Jorge, así acepté no tener hijos por que a Jorge las casas y los coches familiares le parecen mediocres.

    Desnuda frente a los espejos dobles de mi vestidor, sonrío. Tenía que habérmelo tatuado en la muñeca o en los dedos, en algún sitio donde fuera yo la que lo viera y no mi marido (si acaso). Si, la cicatriz será un mejor memento: la marca de que cada error, incluso los de omisión, puede corregirse, aunque no sin dejar magulladuras.

    Me pregunto que se siente la máquina de láser, y sonrío. Si el dolorcillo es comparable a aquél otro tan placentero, al de Josué, todo va a estar bien.

     
  • Amapanther 5:26 am el May 24, 2012 Permalink | Responder
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    Su Piel 

    Su piel. Su piel es blanca, lo más blanca que puede llegar antes de ser, oficialmente, albina. Blanco teta lo llamarían mis amados uruguayos. Su piel es tan blanca como fue aquella piel de mi primer amante, y no me escapa la posibilidad de que por este detalle lo deseo un poco más.

    Su piel es blanca y hasta el momento sólo he conocido sus antebrazos, su cuello y su cara. Todo lo demás ha estado protegido por ropa casual, la que cualquier otro hombre se pondría para pintar alguna pared o arreglar se auto. No me importa. No vine hasta acá para entrar en detalles trillados. Vine a comer, a ver a este chico y dejarme ver por él. Vine a abogar por que la próxima reunión en vez de comida es cena y/o desayuno. A saber si la química de aquel primer encuentro sigue ahí.

    Mientras caminamos por una calle completamente atascada de oficinistas lo escucho, felizmente, decir: “Me hice un nuevo tatuaje”

    “¿A si? ¿En dónde?”–respondo. Sabiendo que como réplica, posiblemente, vendrá la oportunidad de conocer otro pedacito de él. Y, en efecto, mientras termino mi pregunta, él toma su camiseta y la sube hasta enseñarme por completo un abdomen blanco y en forma, con una piel estirada sobre músculos delgados pero bien definidos; paseándose con calma por toda esa blancura hay una serpiente en tinta negra.

    La serpiente no es horrible, como yo he pensado que la mayoría de los tatuajes de serpientes suelen ser, de hecho es una buena ilustración. Pequeñísimas líneas le dan una textura y un sombreado interesante. Ese tatuaje lo hizo alguien que, en verdad, sabía lo que estaba haciendo, un así, la serpiente me viene valiendo madres. Es la piel lo que me ha capturado por completo, esa piel que hasta hace segundos no me era conocida.

    “¿Otro tatuaje?” –Recalco- “¿Cuántos más tienes?”(Sí, pregunto porque quiero más de esa epidérmica blancura y sé que lo obtendré).Y así, como si el camino estuviera ausente de todas estas personas que nos rodean, él empieza a mover su ropa para ir enseñando sus imágenes. Me va presentando uno a uno sus tatuajes, y yo me familiarizo con su hombro derecho, en donde vive la cabeza de un oso; el omóplato izquierdo, en el que hay un escarabajo; el tórax, por el cual vuela un gorrión; la pantorrilla derecha, en la que duerme un okapi (sí, un okapi), el inicio de su pubis; en dónde reside una avispa. “Tengo también un ornitorrinco, pero su ubicación no puede ser presumida en zonas públicas” –se disculpa. Este hombre es una Mi Primera Enciclopedia Ilustrada de Biología y yo me lo quiero follar como si no existiera un mañana.

    Esa piel blanca. Esa piel blanca. Esa piel blanca teñida con negro puro. Dibujada por manos hábiles. Esa piel de artista que se ha convertido en lienzo de otros. Quiero simplemente domarla sobre su cama. Nunca dejarla salir de ahí. Que el sol nunca la enrojezca, que el mundo nunca nos vuelva a ver. Que él, yo y, mis nuevos amigos, sus bichos de tinta, nunca volvamos a esta realidad aburrida que, por el momento, nos rodea.

    -“¿Por qué un ornitorrinco?” –pregunto.

    -“Larga historia ¿La quieres escuchar?”

    -“Claro”

    -“Humm… pero mañana, ¿va? En la cena.”

    -“Va. Perfecto.”

  • Perfecto : )

 
  • Amapanther 7:59 pm el May 21, 2012 Permalink | Responder
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    Mi piel 

    Hay algo bajo mi piel que quiere salir y no encuentra manera.

    Mi piel se quiere teñir.

    Como las ranitas de Brasil que, con colores intensos, manda su advertencia;

    Soy diminuta pero sé cómo matar.

    Bajo mi piel se ilustran imágenes que sobre mi piel todavía no se ven.

    Historias que no puedes leer. Adventicias que no llegarán:

    Mis ojos mienten. Mi cuerpo miente. Mi sonrisa miente.

    Aléjate, no me invites ese trago. No me digas que desearías volver a verme.

    No me lleves a tu cama.

    Mis ojos mienten, mi cuerpo miente, mi sonrisa miente, y mienten muy bien.

    Bajo mi piel están los planos de un tatuaje.

    Un tatuaje, que a diferencia de las ranitas de Brasil, la evolución no me dio.

    Un tatuaje, que para tu desgracia, nunca me haré.

     
  • Amapanther 4:31 pm el May 16, 2012 Permalink | Responder
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    10:47 pm 

    Este es el momento en el que te pido me dejes,

    Que  te vayas. No me busques más.

    Que no intentes persuadirme, es molesto.

    El momento en el que te pido no me encuentres.

    No me llames.

    No me hagas saber si piensas en mí

    Y qué piensas de mí.

    No me preguntes si te extraño;

    Y qué es lo que extraño o por qué no te extraño…

    El momento en el que pido silencio;

    Un vacio que se lleve tu nombre.

    Te pido comprendas mi necesidad de vivir lejos de tu voz,

    De tus palabras, de tus ganas de chingar… perdona, de tu intensidad.

    Este es, por fin, el momento terminal.

     
  • Karen H. 3:37 pm el May 15, 2012 Permalink | Responder
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    Carta de amor a la T4 

    Es enero del 2007 y hace mucho, mucho frío. Llevo más de cinco horas esperando hacer mi conexión a Pamplona porque está nevando en el norte y el pinche vuelo de Iberia no sale.
    Estoy acostada a lo largo de tres sillas, viendo el techo de madera clara ondularse hasta lo que parece el infinito. Tengo una espinilla en el cachete, evidente cara de avión y desvelo, y nervios, muchos nervios. Traigo en la bolsa una vela con olor a coco, una postal en forma de rebanada de pizza, y estoy enamorada de mi mejor amigo. Ojalá no fuera a Pamplona, ojalá me hubieran mandado a Madrid.

    Yo tampoco he estado antes en el VIP, pero es por la tarjeta de mis papás, dices.
    Te espero mientras pacientemente le explicas a la señorita del mostrador que es una tarjeta de la cuenta de tus padres. La American Express Platinum se ve medio ridícula a un lado de nuestros pases impresos en casa de easy jet. Mientras está revisando que todo esté en orden llega una pareja de gringos y los atiende a ellos, los invita a pasar, toda sonrisas. Después toma de nuevo nuestros boletos, le da la vuelta un par de veces a cada hoja y al final nos deja pasar con un gesto de la mano, seria.

    ¿Qué le pasa a esa vieja?
    Malcogida.
    ¡Pffft! En ese caso yo estaría insoportable, mi vida.
    Es que tu eres un encanto, mi vida.

    Te estoy dibujando por que no tengo nada más que decir. Han sido unas semanas agotadoras, realmente lindas pero me ha costado mucho mantenerme de una pieza. Voy a estar bien, voy a estar bien, voy a estar bien. No dejo de repetírmelo para ver si así me la creo.

    ¿Quieres comer algo?
    No.

    Y me ves como sólo tú me ves, a través de esas pestañas ralitas y negras, largas.

    ¿Segura?
    Sí.
    Vente conmigo.
    No.

    Necesito estar sola. No se por qué, si luego me la paso quejándome de que me siento sola. Supongo que por eso. No quiero volver hasta que aprenda a no sentirme sola nunca. Evidentemente todavía no aprendo esa lección.

    Tantas idas y vueltas a la T4. Tantas veces que me esperaste en las llegadas internacionales, con los brazos abiertos, tus camisetas de rayas, tus Vans. Tantas veces que me acompañaste a dejarme por que dos maletas de 23 kilos le ganan a mis 43. Sol-Nuevos Ministerios-Colombia-Mar de Cristal-Campo de las Naciones-Aeropuerto T1 T2 T3-Barajas-Aeropuerto T4.

    ¿Dormiste bien?
    No. Nada.
    ¿Señor gordo?
    Si. Again (pausa). Pero desayuné rico.
    Ahorita vamos a mi casa y te duermes un rato.

    Y mi cabeza en tu hombro, como tantas otras veces. Y tus dedos haciendo su danza favorita en la bastilla de mi pantalón.
    ¿Cómo estás?
    Y me das una respuesta larga, por que nosotros nunca nos hacemos esa pregunta esperando un “bien” o un “mas o menos” seguido de un “¿y tú?” de compromiso. No. Nosotros nos lo preguntamos esperando una respuesta honesta.

    Cagado de miedo.
    No hay que pensar en eso todavía.
    Ok.

    Horas, nada más. Pero les vamos a sacar el máximo provecho, sin prisa. Todavía hay chance de una siesta y quizá después unas cañas para arrancar la noche.Además ya sé tomar antes de irme de viaje. ¿Te acuerdas que antes no podía? Ahora aveces hasta me subo peda a los autobuses. Pero me siguen cagando los aviones.

     
    • maruca 4:00 pm el mayo 15, 2012 Permalink | Responder

      Me encantó. Estaba en la página cuando los posteaste, y me encantó.
      Beso.

    • Shoe.ee 9:45 pm el mayo 27, 2012 Permalink | Responder

      Leerte es como revivir, imaginar, o soñar poquito. Una delicia.

  • esewey 7:01 am el May 15, 2012 Permalink | Responder
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    El Técnico 

    Las hojas secas crujieron bajo sus botas y se imaginó una bolsa de papitas. Tenía mucha hambre, pero faltaban todavía dos horas para salir a comer. Su estómago se quejaba detrás de su cota de malla. Había desayunado lo de siempre: Una pepsi kick y una bolsa de cacahuates japoneses, pero ya habían pasado como cuatro horas.
    Blandió su espada a través de la maleza, abriéndose paso entre las ramas bajas de los árboles. A lo lejos, unos cuantos kilómetros al norte, un águila lanzó un lamento horrible mientras era atravesada por una lanza.
    Un pollito. Un pollito del Calimax, de esos que están listos para llevar, con unas tortillitas y una salsita, ándale. Eso es, iría al Calimax a la hora de la comida, al cabo que está a una cuadra.
    Llegó al claro en el bosque, un amplio hueco circular donde no crecían árboles y el pasto apenas medía unas cuantas pulgadas. Justo en medio, cuatro esculturas de mármol gigantescas rodeaban un edificio que, por su forma, le recordaba a un hipopótamo saliendo del agua y tirando una mordida. Pero en vez de un hipopótamo era un león de piedra, y en vez de agua era pasto, y en vez de garganta había una gran puerta de madera. Regresó la espada a su funda y buscó la llave en su morral. El león tenía ojos de jade, así que la llave que correspondía era la verde, la insertó en el hueco en el centro de la puerta y ésta se elevó mientras una fanfarria de trompeta sonaba a su alrededor.
    El problema con ir al Calimax era que, si los demás se daban cuenta, le iban a pedir cosas. Tráeme una coca, tráeme unas empanadas, etcétera. Y eso le daba un poco de hueva.
    Encendió la antorcha azul y bajó las húmedas escaleras con cuidado. Mientras más descendía, el olor era más fuerte. Alguien ya había pasado por ahí. Al llegar a la base de las escaleras, encontró al Basilisco muerto. Lo pateó y sintió que seguía blando, todavía inafectado por el rigor mortis. Desenvainó la espada e hizo un corte debajo de la quijada del cadaver, metió su mano y sacó una gema roja del tamaño de una naranja. La metió en su morral y se limpió la sangre en la melena del basilisco.
    Podría pedir sushi. Hay unos combos bastante buenos del Tai-Shi-Ki, por cuarenta pesos incluye un rollo california, un chile capeado y arroz frito.
    LLegó al final del pasadizo y vió el problema: El paso estaba bloqueado por una montaña de oro. Debajo de la pila de monedas, una mano alcanzaba a salir, sosteniendo un objeto negro.
    Abrió la mano del difunto y tomó el pedazo de carbón, lo examinó con cuidado, y después de un suspiro habló en voz alta. Técnico Jota Martínez Martínez, Servidor Wyvern. Grid A Diecinueve. Abrir terminal. Enlistar usuarios recientes en grid.
    Frente a él, flotaba un círculo flameante, un agujero en el universo. Como si hubieran presionado un cigarro encendido en la hoja de papel de la existencia misma. Adentro, como estrellas en un cielo nocturno, flotaban cientos de nombres.
    Hablándole a nadie en particular, pidió que se le mostraran aquellos usuarios que habían hecho una transacción mayor al millón de gil en las últimas doce horas.
    El cielo estrellado desapareció del agujero y a su vez apareció el rostro de un niño de trece años. Debajo de la imagen colgaba la palabra PitbullShady12.
    Como rezándole a un dios todopoderoso y omnipresente, pidió que se le retiraran todos los permisos al usuario. Movió su mano en el aire con un gesto rápido y la herida luminosa se cerró.
    Al final, comió en las tortas de carnitas, las de enfrente. Decidió que, si comía rápido, podría terminar su cuota de revisiones más temprano. Todavía le faltaba checar el reporte del ente gelatinoso del grid quince ‘C’. Eso era casi en la cima del Monte Imberfrost, cerca del nido de las águilas, y siempre es una hueva resolver los acertijos del minotauro.

     
  • maruca 4:26 pm el May 14, 2012 Permalink | Responder  

    La carrera de Julio. 

    Julio tiene ya 5 meses desempleado, trabajó los últimos 4 años en una zona franca de Nicaragua, específicamente en una maquila “gringa” que cose y confecciona camisas y camisetas para Calvin Klein y Tommy Hilfiguer. Antes de la maquila, trabajó durante un año y medio en uno de esos famosos “call center” internacionales donde, al igual que en su último trabajo, el salario era bajo, tenía horarios poco dignos y prestaciones dudosas, no obtenía ninguna ganancia curricular, y además trabajaba horas mal-pagadas para una empresa que se forraba los bolsillos en Estados Unidos vendiendo sus productos y servicios a costos elevados. El había tomado ambos trabajos por desesperación, tenía la necesidad de cobrar quincenalmente algún dinero para así pagar sus estudios de comunicación y periodismo en una universidad privada, y poder ayudar a su familia a sobrevivir, porque eso es lo que hacían, sobrevivir.

    Tenía 30 años cuando se tituló en la universidad después de 8 largos años de estudios, de esto hace 2 años. Es el primero en su familia que termina la universidad, e incluso, el  primero de sus hermanos que cursa más allá de 3er grado de la primaria. Es el menor de 8, todos hombres, nació y se crió en el barrio Rafaela Herrera, un comunidad en la capital Nicaragüense, donde viven (sobreviven) personas de escasos recursos. Sus hermanos y el crecieron únicamente con su mamá, su padre falleció cuando enfermó de “fiebre” después del huracán Sonia, cuando él tenía 1 año y el mayor de sus hermanos 10. Ernesto, su hermano mayor, dejó la escuela para ayudar a su mamá, y los demás igual para así ayudar a los hermanos menores a pagar los estudios, al menos hasta que supieran leer y escribir, todos abandonaron el colegio… todos menos Julio.

    Julio amaba ir a la escuela, hacía sus tareas en los cuadernos que con esfuerzo habían comprado sus hermanos para él, iba a la escuela descalzo pero feliz. Los profesores le prestaban libros de historia, novelas, cuentos cortos y largos, lo que fuera, y lo ayudaban a satisfacer la desbordante necesidad que tenía el por aprender y leer desde que supo cómo hacerlo. Su familia, sorprendida por la inteligencia del benjamín de la familia, hizo su máximo esfuerzo por mantenerlo en la escuela hasta que terminara la secundaria. Julio era “el orgullo de la familia”, el inteligente, el intelectual, el único que sabía donde quedaba Chile, Suiza o España, o derivar una ecuación matemática, el único que, gracias a una de sus profesoras voluntarias de un programa de ayuda internacional, había aprendido el inglés. Julio se quería comer el mundo, y estaba dispuesto a hacerlo.

    -          Mamá, quiero ir a la universidad y ser escritor – le soltó de sopetón a su vieja el día de su graduación del colegio- Quiero escribir artículos y libros, muchos libros.

    -          ¿Qué? ¿Para qué Julio? Ya estuvo! Yastá! Eh! Que no te basta haberte graduado del colegio, no tiás ni graduado y ya me estás hablando de universidá… Dios! Que niño! Con que riales[1]? Si somos más pobres que´l hambre.

    -          Pero… mamá, puedo trabajar y pagar mis estudios. ¿No entendés? Yo quiero escribir una novela, ser el próximo García Márquez, conocer a Gioconda Belli, ser tan famoso como Vargas Llosa.

    -          ¿Y esos quiénes son? Dejá de hablar babosadas, no ves que por más que estudiés vos y yo ya sabemos que de cpf[2] vas a terminar, como Ernesto y Mario. Los pobres como nosotros, ni escribimos libros ni somos famosos, nadie nos vuelve niaver!

    Julio sacó adelante su carrera, tardó varios años en recibirse summa cum laude, pagando cuantas clases podía por semestre y esforzándose por siempre ser el mejor. Le encantaba escribir, y era el consentido de sus profesores, aunque sus compañeros nunca hicieron amistad con él. No hizo amigos en la universidad, los trabajos en equipo los hacía solo, casualmente siempre era el número impar, y sus horarios (de trabajador de día estudiante de noche, o viceversa) no coincidían con los de los demás, todos estudiantes de familias “bien” que no tenían ni que lavar su propio plato, quienes vestían la última moda y llegaban en su automóvil del año. Para sus compañeros, Julio se mantuvo en el anonimato obligatorio, un hecho no una decisión personal.

    Pero hoy, hoy podría cambiar todo, pasar del anonimato al camino a la fama, hoy podría ser el día en que comience su carrera como escritor. Julio se alista, sus hermanos y él juntaron algunos pesos para comprar un modesto pantalón de vestir y camisa de botones a rayas rojas, parecida a las que cosía en la maquila hace unos meses, pero sin duda más barata. Su entrevista en la editorial podría ser el inicio de una nueva vida, asegurarle trabajo en eso que el tanto ama, escribir, y asegurarle un salario digno, con el que al cabo de unos años podría ayudarle a su madre a cambiarse de casa, si es que así se le puede llamar.  Sus profesores lo recomendaron como el mejor alumno, el futuro de la novela nicaragüense, el próximo Rubén Darío, el que revolucionaría las letras.

    -          Cuéntanos Julio, consideras que tienes algún defecto? – preguntó don Martín Barrios, dueño de la editorial Libeca, la cual publicaba libros a nivel centro y sudamericano, casa de los mejores escritores de los últimos tiempos.

    Había estudiado sus respuestas, sabía que tenía que decir “ser adicto al trabajo” o “ser terco”, uno de esos defectos que para un jefe suenan a ganancia, o que vienen acompañados de la frase “pero un defecto bien administrado es una virtud”.

    -          Ser pobre – salió de su boca inconscientemente y el momento se arrepintió – es decir, señor Martín, no es un defecto, pero el no tener los recursos suficientes para que yo, mi madre y mis 7 hermanos, tengamos una vida digna siempre tuvo más peso que cualquier defecto de personalidad. No tener  suficiente dinero para tener la comida asegurada, no haber tenido suficientes ingresos para comprar todos los libros que siempre quise leer, no haber tenido las herramientas para poder salir adelante. Todo eso se convirtió en mi defecto, pero al mismo tiempo en mi mayor virtud, porque gracias a ello valoro y conozco los sacrificios que uno hace cuando realmente desea algo, porque gracias a mi pobreza monetaria soy rico en determinación, soy un millonario de la perseverancia, el más rico de los soñadores. El no tener dinero me enseño lo que realmente vale cada palabra que leí, cada cosa que aprendí.

    -          Entiendo… y …mmm… tu mayor virtud? O dime… consideras que tienes algún talento en especial? –preguntó don Martín, sabiendo que la pregunta estaba de más, estaba todo dicho-  


    [1] Riales: En Nicaragua, término empleado comumente para referirse al dinero.

    [2] CPF: Cuerpo de protección física. Persona que se dedica al cuidado de personas, casas, empresas, y que pone su vida en riesgo, por otros y por unos pesos al mes.

     
  • Amapanther 2:30 am el May 14, 2012 Permalink | Responder
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    José y la de los ojos hermosos 

    -¿Y ahora por qué tantas fotos? ¿Qué? ¿Ya te vas a hacer fotógrafa?
    -Abuelo, llevo un año tomando fotos y sí, posiblemente, me haga fotógrafa.
    -Morirás de hambre.
    -¡Abuelo! ¡Si justo tú eras el que me decía que, mientras amara lo que hiciera, saldría adelante y encontraría éxito!
    -Si, pero te lo decía en una época en la que parecía ibas a amar ser médico… ¿Recuerdas? ¿Cuando limpiábamos los pescados con tu bisturí? –me dice esto, y en su sonrisa se nota que él también lo recuerda claramente.

    Mi abuelo, cuando cumplí los 14 años, decidió que no existía mejor regalo para mí, que un set de pinzas y un bisturí. Eran piezas de alta calidad, hermosas y venían en un estuche grabado con mi nombre; aun así, supongo pueden entender, no era exactamente lo que a mis 14, yo, con fiebre de verme linda para los chicos, deseaba. Un vestido nuevo, zapatitos o maquillaje me habrían caído perfectos, mi mejor actuación fue dada al momento de abrir la caja dorada y darle con una hermosa sonrisa las gracias. ¨De nada, mi chica de ojos hermoso¨ -Dijo con el orgullo de un hombre que cree que ha dado el regalo perfecto.

    Aunque debo admitir, el bisturí nos dio muchísimos buenos fines de semana en la cocina; en dónde, mi abuelo y yo, nos dedicábamos a abrir toda clase de pescados y moluscos, alguna vez hasta un diminuto lechón se coló en nuestras sesiones de Aperturas Precisas. No fue muy agradable, el cerdito tenía una estructura demasiado humana (humana e infante). Ese mismito día Medicina fue tachada mi listado denominado: Posibles Futuras Profesiones.

    -Deja de tomarme fotos y come. Si no comes, se va a enfriar tu comida y luego vas a empezar con eso de comprar un microondas y ya te dije que no compraremos un microondas porque esas cosas dan cancer… bueno… y supongo alguna otra cosa no debimos haber comprado, porque ya ves lo que pasó… –termina mi abuelo riendo.

    No estoy segura de poderme reír de este chiste, pero es su chiste, su primer chiste sobre tener cancer, así que me río. Y me sorprende que, aunque empieza con una risa falsa, termina en una carcajada honesta y fuerte. Mi abuelo, el Medico, siendo cruel como siempre, aun tratándose de su pendiente muerte.

    Mire mi doc, no es por jodón; pero tengo 85 años y usted quiere abrirme, cortarme cachos, cerrarme, tal vez abrirme de nuevo, cortarme más cachos y luego inyectarme químicos por no-se-cuantos meses ¿Todo para qué? ¿Para que yo gane cuántos años? Tan sólo la anestesia de la primera operación podría matarme. No, mi doc, lo siento, yo si pinto raya. No me quiero morir, nadie quiere, pero con haber vivido hasta ahora, con que esta niña ya termine su carrera en el verano, yo ya hice lo que me tocaba. Prefiero morirme bailando que en una de sus camas.

    Y de una ¨cura¨ no se habló más.

    Ahora le tomo fotos. Mientras me regaña por no comer. Nuestra vida sigue. Los dos juntos como fue desde que mis padres decidieron no hacerse cargo de mí (uno dedicándose tiempo completo a su alcoholismo y la otra huyendo con su instructor de flamenco). Mi abuela había fallecido en su último parto, mucho años antes de que yo existiera, así que, de alguna manera, mi abuelo (aunque un poco frío, un poco cruel y de regalos raros) ya sabía cuidar niños.

    Nunca me hizo falta algo. Mi abuelo se las arregló para darme una infancia lo más cercana a lo normal y a lo feliz. Conociendo sus límites de carácter, paciencia y ternura, me hizo estar en contacto con personas de almas más libres. Siempre estuve inscrita en clases de pintura y artes plásticas, los sábados por las tardes, un maestro homosexual y muy elegante me daba clases de piano, tome varios cursos de danza con instructoras amables y cariñosas (nunca en institutos estrictos de esos que te terminan haciendo anoréxica y miserable), estudié francés con hermosas y elegantes mujeres francesas, y aprendí italiano de una maravillosa viuda arribada de Nápoles. Tome cursos de creación literaria con, Ana, una chica recién graduada de su maestría; que amaba leer libros como nadie que yo alguna vez hubiera conocido. Para los temas serios, enfermeras amigas de él, llegaban a la casa a tener ¨charlas de mujeres¨ conmigo (podían llegar a ser incómodas, pero definitivamente eran informativas). Siempre estuve rodeada de amor, afecto y respeto (Gracias a mi abuelo).

    Lo de terminar la carrera, en efecto, este es mi último semestre. Y si, creo que mi abuelo no se enfermó antes; porque no pensaba dejarme sin saber que yo había alcanzado cierta edad, cierta madurez y cierta independencia. Tengo planes de una maestría en Francia, podría ganar una beca; pero si no, me ha dejado suficiente dinero para pagarla y pagarme una pequeña vida de año y medio en París. Las cosas están arregladas, para él y para mí… y entonces, con la misma calma con la que ahora corta su pedazo de pollo, ha decidido que no es tan mala idea, por fin, morir.

    Me dio más de lo suficiente y no le puedo reclamar que haya decidido no operarse. Yo, gracias a él, fui libre de vivir como quise y ahora debo dejarlo morir como quiere.

    -¡Vamos niña, come! ¡Que esos ojos hermosos ya se te están poniendo ojerosos!
    Dejo mi cámara sobre la mesa y empiezo a cortar mi pollo.
    -¿Abuelo? ¿El domingo nos vamos a Bellas Artes? Ya inauguraron la de Botero.
    -¿Será un domingo de ver gorditas entonces? Me gusta, me gusta…

    Por decreto del abuelo: La vida en esta casa, hasta que deje de, continua.

     
    • Shoe.ee 6:43 pm el mayo 27, 2012 Permalink | Responder

      Muy tierno. Me ecantó la convivencia con el abuelo!

  • aneclectique 7:29 pm el May 13, 2012 Permalink | Responder
    Etiquetas:   

    En el metro 

    “La comprensión no es más que un conjunto de equívocos”  leyó con un dejo de amargura mientras iba en metro a desahogar sus problemas con una amiga. Generalmente él era el que daba los consejos, el que apoyaba a la gente y al que llamaban cuando las cosas se ponían difíciles. Le resultaba muy fácil leer la expresión de la gente y su cara bondadosa inspiraba mucha confianza a conocidos y desconocidos. Se quedó pensando y viendo su reflejo proyectado en la ventanilla que le quedaba de frente, no era un hombre feo, tenía una mirada amable y una sonrisa franca, empezaba a perder un poco de cabello, pero sólo hacía que se viera su frente más amplia, nada que afeara sus rasgos.

    Sin embargo esa mañana sintió que nada valía la pena, estaba cansado de resolver vidas ajenas y tener una que no sentía justa, pensó en que ya no ayudaría a nadie, que no invertiría su tiempo en resolver problemas que no le correspondían y la frase que acababa de leer en el libro de Murakami lo acabó de convencer, finalmente ¿qué es la realidad y quién tiene la razón? A estas alturas estaba convencido de que tener la razón no le servía de nada y la simple idea de actuar de la mejor manera ahora sólo le daba náuseas porque nada le salía bien.

    Sus pensamientos fueron interrumpidos por un la expresión preocupada de una señora que llevaba en sus brazos a un pequeño niño que lucía cansado de tanto llorar, sus manitas llenas de mugre, las mejillas que dejaban ver pedazos limpios de piel que habían dejado el recorrido de grandes lágrimas. Las arrugas de la señora se hacían más profundas cada que echaba un vistazo a un pedazo de cartulina tamaño media carta.

    Evidentemente su cerebro actuó como estaba acostumbrado, y pensó que la señora no tendría dinero para pagar medicamentos, no hacía falta ser un gran observador para identificar el problema. Aún así intentó pensar lo peor, ¿y si era una de las personas que utilizaba a los niños para pedir limosna y dar lástima?, ¿y si ella era la estaba loca y maltrataba al niño?, ¿y si lo había secuestrado y sólo estaba preocupada por no poder pagar sus drogas?

    Desvió la mirada y vio que su parada era la siguiente, así que borró todos sus pensamientos, se levantó y caminó rumbo a la puerta, pensó en que saliendo doblaría a la izquierda para llegar por unas botellas de vino aunque rodeara un poco más. Las puertas se abrieron y él se quedó parado sin moverse, las puertas se cerraron y por instinto caminó hacia la señora, sacó el dinero que traía para ahogar sus penas y se lo dio sin decir nada, tocó con ternura la cabeza del niño y sonrió. Caminó despacio hasta la puerta de nuevo y esperó paciente la siguiente parada, escuchó a lo lejos un “muchísimas gracias joven” o algo así, seguido por algo de un “Dios se lo pague” o un “Dios lo acompañe”, salió con la misma sonrisa, sin dinero y la mirada triste que tenía al entrar a las entrañas de aquel complejo mundo subterráneo.

     
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